martes, 16 de marzo de 2010

Tenerife 4, Español 1

En alguna ocasión se ha citado en estas páginas el complejo de Zélig del Español, que juega mal con los equipos flojos y bien con los potentes. Así nos va: con unos nos quedamos con un empate y cara de tontos, y con los otros aspiramos a empatar. Y a la misma cara. En el partido del Tenerife, por cuanto pude imaginar tras la retransmisión radiofónica, no cabe apelar a este síndrome. El Tenerife jugó bien. Hizo, de hecho, cuanto se esperaba que hiciera el Español dentro del campo. Y cumplió tan bien su papel que acabó aumentando en cuatro su escasa cuenta goleadora.
El único mito que puede ayudar a comprender lo que ocurrió el domingo pasado en Santa Cruz de Tenerife es el extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde. ¿Cómo si no se puede comprender que el equipo que doblegó a un Deportivo que acaricia la zona Champions y contuvo el avance prusiano del Villarreal en Cornellà jugara el partido que jugó contra el Tenerife? Este equipo tiene dos caras, una la vemos cada quince días en el campo, y nos gusta, la otra no la vemos cada quince días, sólo la escuchamos, y nos inquieta, casi tanto como la cara oculta de la luna.
Otro mito a tener en cuenta: Otelo. Teníamos un delantero que había revolucionado con su entrega y sus goles al equipo la temporada pasada y nos había salvado. Un delantero que estaba realizando una buena temporada. Luego llegó en invierno otro delantero al Español y aquel se sentó en el banquillo. El otro día salió ante el Villarreal unos minutos y quienes admiramos a Iván Alonso lo desconocíamos allí plantado, en mitad del campo, como un jubilado en viaje del Inserso. No pude ver el partido por Internet, sólo escucharlo. Pero tampoco le pasó por alto al locutor la pasividad inédita de Iván Alonso en Tenerife. Un drama de celos e irracionalidad en el vestuario, tras la situación en la que ha quedado el equipo tras esta derrota, es un billete para segunda. Iván Alonso es un enorme jugador y Pochettino ha de encontrar un lugar para él en el campo. O por lo menos ha de explicárselo de tal modo que, cuando salga, no se intuya sobre la hierba sólo su resquemor.

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